Nacer no debería decidir tu futuro
Nacer no debería decidir tu futuro. Sin embargo, el país, la familia y el entorno en los que una persona nace siguen influyendo en sus posibilidades de estudiar, de encontrar un trabajo digno y de vivir con autonomía.
Hoy se celebra el Día Internacional de la Juventud bajo el lema «Contextos diferentes, aspiraciones comunes». La frase resume una realidad: jóvenes de distintos lugares pueden compartir el deseo de estudiar, trabajar o ayudar a sus familias, pero las oportunidades para conseguirlo están muy lejos de ser iguales.[1]
No se trata de una diferencia abstracta. Las cifras muestran hasta qué punto el lugar de nacimiento continúa condicionando el futuro.
273 millones de niños y jóvenes sin escolarizar
En 2024, 273 millones de niños, adolescentes y jóvenes estaban fuera del sistema educativo. Equivale a una de cada seis personas en edad escolar. De ellas, 79 millones tenían edad de cursar primaria, 64 millones correspondían al primer ciclo de secundaria y 130 millones al segundo ciclo de secundaria.[2]
La desigualdad entre países es considerable. En los de renta alta, alrededor del 3 % de los niños y jóvenes en edad escolar no asiste a clase. En los países de renta baja, la proporción alcanza el 36 %.[3]
Esto significa que nacer en un país con menos recursos multiplica las posibilidades de quedar fuera de la escuela. También aumenta el riesgo de incorporarse demasiado pronto al trabajo, asumir responsabilidades familiares o no adquirir los conocimientos necesarios para continuar estudiando.
Aunque desde el año 2000 ha crecido el número de estudiantes matriculados, los avances se han frenado. La población sin escolarizar lleva siete años consecutivos aumentando y, al ritmo actual, la escolarización casi universal en la educación secundaria superior no se alcanzaría hasta 2105.[2]
Para millones de jóvenes, el derecho a la educación sigue dependiendo de factores sobre los que no tienen ninguna capacidad de decisión.
El entorno influye desde los primeros años
Las desigualdades no comienzan al buscar el primer empleo. Aparecen durante la infancia y pueden acumularse con el paso del tiempo.
La alimentación, la salud, la seguridad del barrio, la disponibilidad de escuelas, el acceso a libros o tecnología y el nivel de apoyo familiar influyen en el aprendizaje. Las dificultades en uno de estos ámbitos pueden afectar a los demás.
El Banco Mundial estima que las carencias relacionadas con la nutrición, el aprendizaje y el acceso a empleos que permitan desarrollar capacidades pueden reducir en un 51 % los futuros ingresos laborales en los países de renta baja y media.[4]
El mismo informe señala que los niños que crecen en barrios con mayores recursos pueden llegar a ganar el doble en la edad adulta que quienes se crían en entornos desfavorecidos, incluso cuando sus padres tienen niveles similares de ingresos y educación.[4]
El lugar donde se crece determina la cercanía de una escuela o de un centro sanitario, pero también la exposición a la violencia, la contaminación o la falta de infraestructuras. Por eso, garantizar una plaza escolar es imprescindible, aunque no siempre suficiente. También deben existir condiciones mínimas que permitan asistir a clase, aprender y completar los estudios.
La desigualdad continúa al llegar al empleo
La educación abre posibilidades, pero el paso de las aulas al mercado laboral tampoco se produce en igualdad de condiciones.
Según la Organización Internacional del Trabajo, uno de cada cinco jóvenes de entre 15 y 24 años no estudiaba, no trabajaba ni recibía formación en 2023. Dos de cada tres jóvenes en esta situación eran mujeres.[5]
El tipo de empleo al que pueden acceder también depende del país. En las economías de renta alta, cuatro de cada cinco trabajadores de entre 25 y 29 años tienen un empleo asalariado regular. En los países de renta baja, sólo uno de cada cinco alcanza esa situación. Además, tres de cada cuatro jóvenes que trabajan en estos países lo hacen mediante empleos temporales o por cuenta propia, con menor estabilidad y menos posibilidades de formación.[5]
Estas diferencias ayudan a explicar por qué estudiar no siempre garantiza un empleo digno, pero también por qué la falta de educación reduce aún más las posibilidades de conseguirlo.
La formación debe permitir adquirir conocimientos, aprender un oficio, desarrollar capacidades y adaptarse a un mercado laboral cambiante. También debe ir acompañada de orientación y oportunidades reales para poner en práctica lo aprendido.
Educar para romper el ciclo de la pobreza
La educación no elimina por sí sola todas las causas de la pobreza. Una persona también necesita alimentación, atención sanitaria, seguridad y posibilidades de acceder a un empleo digno. Sin embargo, la educación proporciona herramientas para tomar decisiones, defender derechos, desarrollar capacidades y ampliar las opciones disponibles.
Los datos del Banco Mundial indican que cada año adicional de escolarización incrementa los ingresos futuros cerca de un 10 % de media, aunque el resultado varía según el país, la calidad educativa y el mercado laboral.[6]
Sus efectos van más allá de los ingresos. Aprender a leer y escribir, completar la educación secundaria o adquirir una formación profesional facilita el acceso a la información, permite comprender mejor el entorno y reduce la dependencia de otras personas.
En la Fundación Miguel Ángel Elosúa Rojo consideramos que educar es la mejor manera de ayudar a cada persona a construir su propio futuro y una de las vías más eficaces para combatir la pobreza.
Por eso apoyamos iniciativas de educación, formación e inserción laboral dirigidas a personas con escasos recursos. Las actuaciones pueden variar porque deben responder a las necesidades de cada entorno. El objetivo compartido es evitar que la falta de oportunidades se transmita de una generación a la siguiente.
Que el origen no marque el destino
El lema del Día Internacional de la Juventud recuerda que las aspiraciones pueden ser comunes aunque los contextos sean distintos. Un joven puede querer seguir estudiando, encontrar un trabajo o vivir de forma independiente, sin que prime el lugar en el que haya nacido.
La diferencia está en las posibilidades que encuentra para hacerlo.
Reducir esa distancia exige actuar desde la infancia, garantizar el acceso a una educación de calidad y acompañar la transición hacia el empleo. Significa ofrecer a cada persona los recursos necesarios para que pueda decidir sobre su vida.
Nadie elige dónde nace. Ese hecho no debería determinar hasta dónde puede llegar.
Referencias
- Naciones Unidas. Día Internacional de la Juventud 2026: «Contextos diferentes, aspiraciones comunes»
- UNESCO. Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo 2026
- UNESCO. Acceso y finalización de la educación primaria y secundaria
- Banco Mundial. Informe sobre capital humano 2026
- Organización Internacional del Trabajo. Tendencias mundiales del empleo juvenil 2024
- Banco Mundial. Cómo una inversión educativa eficaz puede reducir la pobreza y aumentar los ingresos



